Tárox es el consejero y hombre de confianza del rey Argantonio. Suele encargarle las misiones más delicadas y peligrosas, confiando siempre en su sagacidad y diplomacia.
Al tratarse de un noble, está obligado por las leyes tartesias a no trabajar, así que tiene que pasar el día degustando manjares, organizando fiestas, asistiendo a banquetes o seduciendo a esas redonditas y
sonrosadas bailarinas que a menudo aparecen en su alcoba. "Es duro ser noble", suele comentar.
Pero también tiene tiempo para dedicar a la lectura y el estudio de la poesía y la filosofía, y es un gran erudito. Lo mismo recita un poema de Orfeo que un párrafo de Homero (resulta un poco pedante, la verdad).
Nunca emplea la violencia, lo considera de mal gusto; sin embargo es un as de la dialéctica, capaz de convencer a cualquiera de que las vacas saben tocar la lira. Esta habilidad le sacará de no pocos apuros.




Calixto es el esclavo del noble Tárox. Adquirido inicialmente para servirle "sólo" de cocinero, el pobre tiene que barrer, fregar, cargar con los voluminosos equipajes de su señor y en ocasiones hasta cortarle
las uñas de los pies. Siempre está refunfuñando y maldiciendo a su amo con frases como: "Así le dé una diarrea que lo tengan que recoger con cucharilla".
Calixto tiene multitud de primos a lo largo y ancho de la geografía peninsular e incluso fuera de ella. "Cosa de familia", dice él.
Es muy supersticioso. Consulta a adivinos, huye de los gatos negros y nunca pasa bajo una escalera. Pero a lo que más teme es al mal de ojo.
A las citas filosóficas de su señor suele responder con multitud de refranes populares. De su extenso repertorio destacaremos algunos como: "El ajo del amo no engorda al esclavo", "Tuerto, tullido y pobre
antes que esclavo de un noble", "Cuanto más gordo el amo más flaco el esclavo" ó "De buena comida para dos, uno come mucho mejor".